La selección japonesa de fútbol: treinta años de un proyecto que nadie vio venir
En 1992, Japón no tenía liga de fútbol profesional. Treinta y dos años después, al inicio del Mundial de 2026, la selección japonesa llega a la competición con diez titulares en clubes europeos de primer nivel — Liverpool, Arsenal, Brighton, Freiburg, Mónaco —, con dos victorias recientes sobre Alemania y España en el mismo torneo, y con una generación de jugadores que en Europa ya no sorprende a nadie. El recorrido de ese intervalo es una historia de planificación a largo plazo, de fracasos que se convirtieron en palanca, y de un país que decidió aprender fútbol de la misma manera en que había aprendido a fabricar coches o electrónica: estudiando a los mejores, importando lo que necesitaba, y construyendo sobre eso durante décadas.
He vivido en Japón suficiente tiempo como para haber visto el fútbol desde dentro del país. He ido a partidos de la J.League, he visto al Yokohama F. Marinos en el Nissan Stadium —el mismo estadio donde se jugó la final del Mundial de 2002—, y he entendido que la relación de Japón con este deporte es distinta a la de cualquier otro país que haya conocido. No es pasión visceral en el sentido europeo. Es algo más paciente, más construido, más colectivo. Esta es la historia de cómo llegaron hasta aquí.
El punto de partida: un país sin fútbol profesional
En 1992, el fútbol en Japón era amateur. Existía la Japan Soccer League desde los años sesenta, pero era una competición entre equipos de empresa — Nissan, Yomiuri, Furukawa — donde los jugadores eran empleados de la compañía que compaginaban el fútbol con su trabajo habitual. El nivel era competente pero provinciano. Japón no había participado nunca en un Mundial. La selección llegó a los Juegos Olímpicos de 1968 en México y obtuvo una sorprendente medalla de bronce, con el goleador Kunishige Kamamoto anotando siete goles en el torneo, pero aquello quedó como un hecho aislado que no tuvo continuidad.
Lo que sí tuvo continuidad fue el manga. En 1981 empezó a publicarse Captain Tsubasa (en España, Oliver y Benji), el cómic de Yōichi Takahashi sobre un niño prodigio obsesionado con el fútbol. Durante la década de los ochenta, Captain Tsubasa se convirtió en un fenómeno generacional en Japón. Millones de niños crecieron queriéndose parecer a Oliver Atom. Cuando décadas después Hidetoshi Nakata, Shinji Kagawa o Andres Iniesta — que declaró en público su devoción por el manga — hablaron de sus influencias, Captain Tsubasa estaba siempre en la lista. Es difícil medir cuánto contribuyó un cómic al desarrollo de una selección nacional, pero la generación que fundó la J.League y llegó al primer Mundial era exactamente la generación que creció leyéndolo.
1993: el año que lo cambió todo, y la tragedia de Doha
El 15 de mayo de 1993 se jugó el primer partido de la J.League profesional. Verdy Kawasaki contra Yokohama Marinos, ante 60.000 espectadores. La liga empezó con diez equipos, presupuestos generosos financiados por las empresas fundadoras, y —en una decisión estratégica que resultaría fundamental— con un número significativo de estrellas extranjeras contratadas específicamente para elevar el nivel: Zico, el brasileño que había sido uno de los mejores jugadores del mundo, fue el primero. Después llegaron Gary Lineker (brevemente), Dragan Stojković, Salvatore Schillaci, Pierre Littbarski.
La idea no era decorativa. Era pedagógica. Los jóvenes jugadores japoneses iban a entrenar, jugar y convivir con futbolistas de nivel mundial. Iban a ver de cerca cómo preparaban una sesión, cómo gestionaban un partido difícil, cómo entendían el fútbol. En diez años, esa transferencia de conocimiento se notaría.
Pero 1993 también traería el mayor trauma de la historia del fútbol japonés.
El 28 de octubre de 1993, en el estadio Al-Ali de Doha, Qatar, Japón jugaba su último partido de clasificación para el Mundial de 1994. Necesitaba un empate ante Irak para clasificarse por primera vez en su historia. A falta de dos minutos, con el marcador 2-1 a favor de Japón, el partido parecía ganado. Entonces un jugador iraquí remató de cabeza un córner y el balón entró en la portería japonesa. 2-2. No había tiempo para reaccionar. El pitido final sonó treinta segundos después.
Los jugadores japoneses lloraron en el césped. Las imágenes dieron la vuelta al país. La “Tragedia de Doha” (ドーハの悲劇) se convirtió en una fecha que cualquier aficionado al fútbol japonés de cierta generación recuerda exactamente igual que otros recuerdan el 1-6 ante Brasil o la mano de Dios.
Lo que nadie sabía entonces era que ese fracaso iba a ser el catalizador.
1998: por fin en el Mundial
La clasificación para Francia 1998 llegó de forma dramática también — Japón necesitó un repechaje intercontinental contra Irán, con partido de vuelta en Lyon, para sellar su primer Mundial — pero llegó. Era la primera vez en la historia.
El equipo era modesto. Japón perdió los tres partidos de grupo contra Argentina, Croacia y Jamaica, aunque anotó contra los jamaicanos a través de un Hidetoshi Nakata de 21 años que ya jugaba en Italia y que en aquel torneo fue reconocido como uno de los mejores jugadores del grupo. El balance fue de tres derrotas, cuatro goles en contra y dos anotados, pero el mensaje era claro: Japón ya estaba en el nivel en que estas cosas se deciden.
Nakata personificó algo importante. No era solo un buen jugador — era alguien que había decidido ir a Italia a aprender fútbol de la misma forma en que los japoneses de su generación iban a aprender idiomas o tecnología. Llegó al Perugia, después al Roma donde ganó el Scudetto, después al Parma. En Europa aprendió a exigirse a sí mismo los mismos estándares que los mejores del continente. Cuando volvía a la selección, traía ese conocimiento consigo.
El modelo Nakata se convertiría en el modelo estándar del fútbol japonés.
2002: anfitrión en octavos
El Mundial de 2002 lo organizaron conjuntamente Japón y Corea del Sur, en la primera edición del torneo en Asia. Para Japón, albergar el torneo era un proyecto de país: la estadios nuevos o renovados, la infraestructura de transporte mejorada, la atención internacional garantizada. Y la selección respondió.
Japón ganó su grupo con victorias sobre Rusia y Túnez, y llegó a los octavos de final donde cayó ante Turquía (1-0). No fue la eliminatoria más brillante, pero el hecho de haber superado la fase de grupos en casa —en un torneo que recordó por el caos de resultados que produjo— fue un paso de madurez real.
La final se jugó en el Nissan Stadium de Yokohama, entre Alemania y Brasil. Ronaldo anotó dos goles. Brasil ganó 2-0. Ese estadio, donde años después yo vería partidos de J.League con los Marinos, guarda en sus paredes la memoria de la única final mundialista jugada en Japón.
La década del aprendizaje: 2006-2018
Los años siguientes trajeron altibajos. En Alemania 2006 Japón cayó en la fase de grupos. En Sudáfrica 2010 volvió a los octavos —eliminado por Paraguay en penales, en un partido que terminó 0-0 tras la prórroga—. En Brasil 2014, otra eliminación en grupos.
Pero debajo de esos resultados, algo se estaba consolidando. La ruta de jóvenes japoneses a las ligas europeas se había convertido en autopista. Kagawa fichó por el Dortmund en 2010 y ganó dos Bundesligas antes de ir al Manchester United. Keisuke Honda pasó por el CSKA de Moscú, el AC Milan, el Pachuca. Yuto Nagatomo jugó en el Inter de Milán durante años. Makoto Hasebe en Frankfurt. Maya Yoshida en el Southampton.
Lo importante no era solo que fueran a Europa. Era que algunos de ellos llegaban a equipos grandes y jugaban, de verdad, en partidos que importaban. La exigencia cotidiana de competir al máximo nivel europeo estaba formando a la generación que después llevaría a Japón a sus mayores éxitos mundialistas.
2018: el partido contra Bélgica
El partido de octavos de final del Mundial de Rusia 2018 entre Japón y Bélgica es probablemente el partido más comentado de la historia de la selección japonesa. Y lo es por las razones equivocadas.
Japón marcó en el minuto 48 y en el 52. 2-0. La selección número 61 del mundo llevaba 42 minutos ganando a la número 3 con un fútbol que dejó perplejo a medio planeta. Los aficionados belgas en el estadio habían dejado de hacer ruido. Los japoneses —y cualquiera que valorase el fútbol bien jugado— estaban viendo algo que no se esperaba.
Bélgica empató antes del descanso de la prórroga. 2-2. Y en el minuto 94, después de un saque de puerta rápido, cuatro toques y una carrera de Chadli, el marcador fue 3-2 para Bélgica. No hubo tiempo para reaccionar.
Lo que pasó después del partido se convirtió en noticia en todo el mundo por un motivo diferente al resultado: el vestuario japonés apareció completamente ordenado, limpio y con un papel escrito en ruso que decía «спасибо» — gracias. La delegación japonesa dejó el recinto como si nunca hubiera estado allí, con una nota de agradecimiento al país anfitrión. Fue la forma más japonesa posible de perder un partido de fútbol.
2022: los samurais que nadie esperaba
El Mundial de Qatar 2022 fue donde la selección japonesa rompió todas las expectativas previas.
Primer partido del grupo E: Alemania. Los cuatro veces campeones del mundo, con Neuer en portería y Müller en el campo. Alemania marcó primero de penalti. Japón empató en el segundo tiempo con Doan, y en el 83 Asano marcó el 2-1 con un control y un disparo de volea que se convirtió en uno de los goles del torneo. Final: Japón 2, Alemania 1.
Tercer partido del grupo: España, campeona del mundo en 2010. Japón perdía 1-0 en el descanso. En el segundo tiempo Doan y Tanaka marcaron en siete minutos. 2-1. Japón primera de grupo, Alemania eliminada.
El VAR revisó el gol de Tanaka durante minutos eternos. El balón parecía haber salido completamente de la línea de fondo antes de que Mitoma lo mantuviera vivo para el remate. Las imágenes de la cámara de línea mostraron milímetros de diferencia. El gol subió al marcador. Los aficionados japoneses en el estadio, muchos de ellos viajados desde Japón con sus happi y sus banderas del sol naciente, no podían creer lo que estaban viendo.
En octavos, Croacia. El partido terminó 1-1. Los penales los ejecutó Croacia mejor. Japón quedó eliminada.
Pero lo que quedó después de Qatar no fue la eliminación. Fue la imagen de Mitoma volando por la banda izquierda del Brighton, de Endo como capitán del Liverpool, de Tomiyasu como defensa de Arsenal. La selección japonesa de 2022 no fue un accidente — fue el resultado acumulado de treinta años de un proyecto que empezó con Zico entrenando a jóvenes en Kawasaki y siguió con miles de decisiones de chicos de dieciocho años tomando un avión a Europa con una maleta y el propósito de aprender.
La generación que llega al Mundial de 2026
El equipo que llega al Mundial de 2026 es el más talentoso de la historia de Japón. No es una opinión — es la realidad de una plantilla en la que casi todos los titulares juegan en las principales ligas europeas y varios son titulares habituales en equipos clasificados para la Champions.
Kaoru Mitoma en Brighton lleva temporadas siendo uno de los extremos más desequilibrantes de la Premier League. Wataru Endo en Liverpool llegó al club en una posición de necesidad y se ganó la confianza del vestuario. Takehiro Tomiyasu en Arsenal, Ritsu Doan en clubs de nivel, Takumi Minamino con experiencia en Champions y Europa League.
Lo que tienen en común todos estos jugadores, además del nivel técnico, es que han crecido compitiendo en Europa desde jóvenes. Han perdido títulos importantes, han pasado meses en el banquillo de clubs grandes, han tenido que ganarse el puesto en competencia con los mejores del mundo. Esa cultura de exigencia es lo que hace que la selección japonesa sea difícil de sorprender en los grandes torneos.
Por qué el fútbol japonés es diferente a verlo en Europa
Ir a un partido en Japón es una experiencia que no se parece a ninguna otra. Lo he vivido en el Nissan Stadium de Yokohama viendo a los Marinos, y lo que más llama la atención no es el nivel del juego sino la organización de la afición. Los cánticos están ensayados, hay una estructura de barras con coreografías, hay canciones específicas para cada jugador. Hay orden incluso en la pasión — que es la forma más japonesa de hacer las cosas.
La selección nacional lleva ese mismo carácter a los torneos internacionales. Los aficionados japoneses en los estadios mundialistas son conocidos por quedarse a recoger la basura después de cada partido. Los jugadores dejan los vestuarios inmaculados con notas de agradecimiento. Es fútbol con otra dimensión detrás.
Si estás en Japón durante el Mundial y hay ambiente de partido en los bares, los sports bars o las pantallas públicas de los barrios — ve a verlo. La forma en que los japoneses viven los partidos de su selección, con esa mezcla de contención y explosión emocional cuando algo sale bien, es una de esas experiencias que solo ves aquí.
El Mundial de 2026 se celebra en Estados Unidos, Canadá y México. Japón participa en su novena Copa del Mundo consecutiva desde Francia 1998.
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