Lo que les molesta a los residentes en Japón de los turistas (y que nadie dice en voz alta)

Llevo varios años viviendo en Yokohama. Eso me da una perspectiva rara: soy extranjero, conozco perfectamente la experiencia de llegar a Japón sin saber muy bien cómo funciona nada, y a la vez he acumulado suficiente tiempo aquí para sentir el mismo cansancio que sienten los locales con ciertas cosas que hacen los turistas.
No es que Japón sea un país hostil con el turismo. Todo lo contrario: los japoneses son extraordinariamente tolerantes, casi nunca dicen nada aunque estén incómodos, y eso puede crear la impresión de que todo está bien cuando no lo está.
Este artículo no va de “los turistas son malos”. Va de cosas concretas, evitables, que hacen que vivir en ciudades turísticas japonesas sea un poco más difícil de lo que necesita ser.
Los go-karts de Mario por las calles de Tokio
Empecemos por el más visible.
Desde hace años operan en Tokio varias empresas que alquilan go-karts para circular por las calles de la ciudad, normalmente con disfraces de personajes de videojuegos. El recorrido suele pasar por Shibuya, Akihabara o el arco del arco de Harajuku. Los participantes van disfrazados de Mario, Pikachu o Bowser.
El concepto tiene un problema fundamental: estos go-karts circulan por vías públicas reales, mezclados con el tráfico normal. Son lentos, son ruidosos, van en grupo y suelen ir grabando con GoPros. Para los conductores que los tienen delante, para los peatones que los cruzan, y para los que vivimos aquí y los vemos regularmente, son una molestia genuina.
Hubo demandas de Nintendo por uso de personajes, accidentes, y una regulación que los ha limitado bastante. Pero siguen operando versiones modificadas. Y el perfil del cliente es siempre el mismo: turistas que buscan una experiencia “japonesa” que, irónicamente, no tiene nada que ver con cómo vive nadie en Japón.
Las maletas gigantes en el Yamanote a las ocho de la mañana
Este es probablemente el que más tensión genera en el día a día.
Las líneas de tren de Tokio y Yokohama en hora punta —entre las 7:30 y las 9:00— están entre las más saturadas del mundo. La gente va apretada, en silencio, intentando llegar al trabajo. Meter en ese contexto una maleta de 30 kilos es, literalmente, ocupar el espacio de tres personas.
No es que las maletas estén prohibidas. El problema es el momento: coger el Yamanote, el Keikyu o el Tokaido en hora punta con equipaje grande demuestra que no has pensado en cómo funciona la ciudad que estás visitando. Las opciones existen: los servicios de consigna (coin lockers) están en todas las estaciones grandes, el servicio takuhaibin envía maletas entre hoteles y aeropuertos por unos 1.500-2.000 yenes, y los luggage delivery services del aeropuerto son baratos y rápidos.
El Shinkansen ahora exige reserva para maletas grandes. Las líneas urbanas no pueden hacer lo mismo. Así que la solución es, simplemente, no hacerlo.
El volumen
Los trenes en Japón son silenciosos. No porque haya un aviso de “mantenga silencio” cada dos minutos —los hay, pero eso no es lo que lo explica—, sino porque la gente lo entiende como una norma implícita de respeto hacia los demás.
Hay carteles pidiendo poner el teléfono en modo silencio. Hay vagones de priority seating donde se pide expresamente no hablar por teléfono. En la mayoría de restaurantes pequeños la conversación existe pero en un tono que no perturba a las mesas de al lado.
Llegar a Japón y comportarse en transporte público o en restaurantes como si fueras en una terraza de Madrid en verano genera un contraste muy notable. Lo mismo aplica al salir tarde de un karaoke o de una izakaya: baja la voz una vez estés en la calle. No necesito poner ejemplos específicos porque cualquiera que viva aquí sabe exactamente de qué estoy hablando.
No hace falta susurrar. Hace falta calibrar.
Bloquear la calle para hacer la foto
En Kioto hay barrios enteros que han puesto señales prohibiendo fotografiar a las geishas en la calle. No porque a la ciudad no le guste el turismo, sino porque la situación llegó a un punto en que mujeres en kimono no podían salir a trabajar sin que les pusieran cámaras en la cara o las agarraran del brazo para un selfie.
En Tokio el equivalente son las calles estrechas de barrios como Yanaka o las escaleras de ciertos santuarios: grupos de turistas parados en medio, con el trípode o el selfie stick desplegado, bloqueando el paso a personas que simplemente necesitan pasar por ahí para ir a su casa o al trabajo.
La foto merece espacio y tiempo. Pero también requiere conciencia de que la calle es un espacio compartido, no un decorado puesto ahí para el uso exclusivo del fotógrafo.
Las normas en templos y santuarios
Los templos y santuarios japoneses tienen normas. Muchas están señalizadas en inglés. Algunas no, porque asumen que la conducta esperada es obvia.
Las más incumplidas por turistas:
Zonas prohibidas para fotos. En muchos santuarios hay áreas interiores donde los carteles de “no fotografiar” están visibles. Aun así, la gente saca el teléfono. El razonamiento habitual parece ser “si no hay nadie mirando, no cuenta”.
Alimentar a los animales salvajes. En Nara hay ciervos por todos lados y la gente los alimenta con cualquier cosa que lleve encima, no solo con las galletas shika senbei que se venden expresamente para eso. En Miyajima pasa lo mismo con los ciervos del santuario.
Pisar zonas de grava o jardín japonés para acercarse a una piedra o árbol concreto. El jardín japonés no es un parque. Los caminos están ahí por una razón.
El mismo cuidado aplica en el onsen, donde la etiqueta mal entendida es otra fuente habitual de fricción. Ninguna de estas cosas arruina el viaje a nadie. Pero acumuladas a escala de millones de visitas al año, tienen consecuencias reales en la conservación de los lugares.
Por qué nadie te dice nada
Aquí está la parte que más me ha costado entender viviendo aquí.
En Japón existe un concepto, meiwaku (迷惑), que significa aproximadamente “causar molestia o inconveniencia a otros”. Causar meiwaku es considerado algo muy negativo. Pero señalar que alguien está causando meiwaku también puede interpretarse como causar meiwaku al señalar.
El resultado práctico es que los japoneses raramente dicen nada cuando un turista está haciendo algo molesto. Se mueven, se apartan, aguantan. Y el turista interpreta ese silencio como aprobación, o al menos como ausencia de problema.
No es aprobación. Es paciencia. Y es finita.
Escribo esto como extranjero que lleva años en Japón, no como japonés que se queja de los visitantes. He hecho algunas de estas cosas cuando llegué. Las entiendo. Y también entiendo que un poco de atención antes de llegar —o durante el viaje— hace la diferencia entre ser un visitante que deja buen recuerdo y uno que refuerza estereotipos que ya pesan bastante.
Artículo basado en experiencia viviendo en Yokohama desde 2010 y viajando a Japón desde 2007. Las situaciones descritas son observaciones propias y de otros residentes extranjeros en Japón.
Sobre el autor
Entidad editorial
Yen & Zen lo escribe una pareja español-japonesa que vive en la prefectura de Kanagawa, en el área metropolitana de Tokio. Estamos en Japón desde 2010. El sitio es un proyecto hobby que cubre calculadoras prácticas y artículos sobre la vida y los viajes en Japón, con cifras verificadas y citas a fuentes oficiales. No somos abogados, contables, ni asesores con licencia; los artículos están basados en observación, experiencia personal y normas oficiales publicadas — no en consulta profesional.